Del Escritorio del Párroco 12/13/2015

Dec 11, 2015

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

Las lecturas del tercer domingo de Adviento nos invitan a regocijarnos, es decir a ser felices! La verdadera libertad nos hace gozosos. La Navidad es la alegría de saber que Dios nos ama tanto que envió a su único Hijo para salvarnos y llevarnos de regreso  a su Padre. La felicidad es esencial para el cristianismo, pero muchas veces los jóvenes no asocian a la Iglesia con la alegría aunque los países con mayoría católica marcan alto en la escala de los países que saben disfrutar y vivir la vida. Pienso que eso es porque siempre hemos tenido aguafiestas que piensan que Jesús nunca se rio o bostezo. Sabemos que Jesús disfrutaba de las fiestas y de la compañía de la gente después de todo comenzó su actividad pública en una fiesta de bodas.

 

La razón de nuestra alegría es que el Señor está cerca de cada uno de nosotros y nosotros cada vez más de él. ¿Quién puede estar triste si tiene a Jesús en su corazón? Y ¿Cómo sabemos que nos estamos acercando a Jesús cada vez más? Juan el Bautista nos regala algunas claridades maravillosas al respecto: “Quien tenga dos túnicas, que dé una al que no tiene ninguna, y quien tenga comida, que haga lo mismo”.  “No cobren más de lo establecido”.“No extorsionen a nadie, ni denuncien a nadie falsamente, sino conténtense con su salario”. La alegría nos llega cuando somos auténticamente humanos. La alegría no es sobre normas y leyes pero sobre todo en el despliegue de lo que sabemos es correcto y ya habita en nuestros corazones: el deseo de ser justos, dignos y fraternales. La alegría y la felicidad no son conformismos sino ánimo y esperanza.

Finalmente, la primera lectura de la tercera dominica de Adviento nos narra la realidad del pueblo que ha pecado, ha sido deportado y humillado y sin embargo el profeta Sofonías nos invita a estar animados y esperanzados porque el Señor es bueno y misericordioso. En medio de la desesperanza y el sufrimiento que el Señor anuncia un nuevo día. Para ser parte de ese día de luz esplendorosa tenemos que recibir al Señor como ternura y amor. Dispuestos a contemplar a Dios  en la fragilidad de un niño que duerme en brazos de María, su madre. Porque la conversión siempre nos lleva a acoger, compartir y disfrutar la vida.

 

Bendiciones,

Padre Roberto